El sueño de mi mamá de conocer San Andrés y Providencia se hizo, por fin, realidad.

Para mí comienza un nuevo paseo correteando tras los cangrejos, protegiendo sus cosas bajo un cocotero mientras se baña, y descansando a la sombra, donde quiera que sea nuestro hogar en esta ocasión, gran parte del día.

A nuestra llegada a San Andrés me encuentro bajo un intenso cielo azul y la característica luz del Caribe… Sola.

A la vista de que en Bogotá con mi papá, mis paseos, sus estudiantes, y Facebook, no se concentra, mi mamá decide, tras meses de procastinación, fugarse a una finca remota para, por fin, encontrar la musa que se le escondió entre el humo de los carros y el trancón desde que regresáramos a nuestra ciudad adoptiva, y finalizar su libro sobre el viaje que hizo en solitario por Asia con mi hermana, Milady.

Para quien no lo sepa Milady es su bicicleta.

A mi mamá no le gusta Bogotá, por el clima, el humo de las busetas, y los trancones. A mí el clima sí me gusta, pero como no tengo ni voz ni voto en esta relación materno-filial, a las pocas semanas de regresar a Colombia después de pasar más de medio año en España, me tocó embarcarme de nuevo en un vuelo con destino a Santa Marta.

El plan: pasar una semana solazándonos -es un eufemismo: yo lo llamo torrarnos- al sol, escuchando vallenato, oliendo redes de pescadores e intentando comer -o incluso revolcarme- en restos de pescado podrido a sus espaldas.

¿Pensaban que, después de verme viajar en el regazo de mi mamá, lo habían visto todo en el transporte por carretera viajando por mi país?

Faltaba el desplazamiento desde Popayán hasta un cruce antecitos de San Andrés de Pisimbalá, a ciento y pico kilómetros de distancia de la capital del Cauca -Popayán- por carretera destapada, y podría decirse que hasta tortuosa...

Mi mamá viaja de pie todo el trayecto.

La siguiente etapa de nuestro viaje es Silvia, Cauca, tierra de guambianos.

La carretera de San Agustín a Popayán, capital de la región, es tan tremebunda -con unos huecos que hacen que los pasajeros golpeen sus cabezas contra el techo- que mi mamá se salta todos sus principios educativos conmigo y, en lugar de viajar conmigo en el piso, como siempre, viajamos así la primera hora:

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Tras pasar cuatro días con una sonrisa de oreja a oreja -mis acompañantes, de felicidad; yo, del calor tan berraco que pasé en el desierto de la Tatacoa- en seis horas -para que lo entiendan bien, después de coger un autobús y dos camionetas- cambiamos por completo de escenario: las formaciones en arenisca de colores dan paso a verdes montañas; y los cactus a estatuas sobre cuyo origen muy poco se sabe.

A Camilo José Chaves, otra de las víctimas de estas semanas...

Hace dos semanas llegó mi abuelita a Colombia.

-¿Quien viene? ¿¿¿Quién vieneeee???- es la técnica que utiliza mi mamá para señalizarme que se acerca una persona amiga desde los tiempos en los que me abalanzaba ladrando y mostrando los colmillos hacia cuanto ser vivo se acercaba a ella.

Tras las puertas de apertura automática del aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, reconozco de inmediato a esa mujer menuda quien, de verme como un ser portador de problemas y enfermedades para mi mamá al principio de los tiempos, pasó a tratarme como lo que soy: su nieta favorita...

De camino a casa, y dado que amanezco animada, llegamos hasta los pies del Nevado del Ruiz, no sin antes ser víctima de una agresiva requisa de la policía antidroga, presumo que ante las sospechas que despierta un joven con gorra del revés y gafas de sol manejando tremendo carro. O quizás es que les llegó un soplo de que llevábamos pastillas de desparasitante canino importadas de EEUU, antidiarréico, jarabe, y gotas para fortalecer el sistema inmunitario que le pasó mi veterinario antes de salir…

Sacan a nuestro acompañante del cubículo y, mientras le interrogan, uno de los policías le hace unas caricias tan contundentes con las manos en alto, sobre todo por la parte de la cola, que me dan ganas de ponerme a su ladito para que me las haga a mí también.

Cualquiera pensaría que tener una mamá como la mía es sinónimo de estar en buenas patas.

Yo también lo creía hasta nuestro último viaje, del que regresé más agitada que las maracas de Machín… Pero no adelanto acontecimientos, acá va nuestra terrible historia desde el principio de los tiempos...

Debido a que me encontraba convaleciente y que el nuevo amigo de mi mamá está estrenando carro -por lo que no se baja de él ni a patadas-, decidimos viajar en él en nuestro primer viaje juntos :