Al día siguiente me negué rotundamente a poner las patas mordidas al otro lado del umbral de la cabaña… Te apuesto lo que quieras a que tú hubieras hecho lo mismo.

Como mi mamá ya se conoce todas mis mañas y mis fobias, con mucha paciencia y algo de insistencia logró que asomara mi telescópica nariz por la puerta; luego medio cuerpo;  luego cuerpo entero… y finalmente la cola.

Apenas desembarcamos, nuestra recién ampliada familia estuvo a punto de perder uno de sus miembros. En cuanto la lancha se detuvo y mi mamá pronunció la tan esperada palabra “¡vaya!”, salté con todo el impulso de mis torcidas patas sobre el muelle, mucho antes que cualquiera de los pasajeros bípedos con sus piernas derechas.

Gracias a mí, mi mamá se libró de unirse a todos los planes turísticos habituales para los visitantes del río Amazonas.

-Viajo con la doctora que está echada debajo de la mesa-, explicó a la señora que vendía el plan completo para la Reserva Marasha. Un lugar, al parecer, espectacular, con cabañas de madera, comida deliciosa típica, kanopi, kayak, paseos interpretativos en la naturaleza, avistamiento de monos y caimanes, caminata nocturna...

La llegada al país de mi mamá fue, una vez más, una fiesta:

Además de la consabida carne o pescado con arroz ahora mi comida tiene pedacitos de chorizo ibérico. Y de las croquetas que mi tía Ana le preparó a mi mamá. Además comparte la poca carne que come –el jamón serrano- conmigo: ella engulle de un bocado la parte roja y me deja la grasa, para que haga lo propio, que tiene una textura tan suave y untosa que, cuando la veo sacar el paquete, enloquezco literalmente.

Otra cosa diferente es que