15 Mar Lindiana Jones
Estuve muy ocupada montando una superproducción con las imágenes más escalofriantes de mi aventura amazónica. Agárrate bien fuerte y...
Estuve muy ocupada montando una superproducción con las imágenes más escalofriantes de mi aventura amazónica. Agárrate bien fuerte y...
-¡Es Linda! ¡Linda Guacharaca!, ¡mira! ¡¡¡Esa perra es famosa!!!- con estas palabras me recibieron al asomar mi telescópica por la puerta del único alojamiento turístico en San Martín de Amacayacu.
Al día siguiente me negué rotundamente a poner las patas mordidas al otro lado del umbral de la cabaña… Te apuesto lo que quieras a que tú hubieras hecho lo mismo.
Como mi mamá ya se conoce todas mis mañas y mis fobias, con mucha paciencia y algo de insistencia logró que asomara mi telescópica nariz por la puerta; luego medio cuerpo; luego cuerpo entero… y finalmente la cola.
Apenas desembarcamos, nuestra recién ampliada familia estuvo a punto de perder uno de sus miembros. En cuanto la lancha se detuvo y mi mamá pronunció la tan esperada palabra “¡vaya!”, salté con todo el impulso de mis torcidas patas sobre el muelle, mucho antes que cualquiera de los pasajeros bípedos con sus piernas derechas.
Gracias a mí, mi mamá se libró de unirse a todos los planes turísticos habituales para los visitantes del río Amazonas.
-Viajo con la doctora que está echada debajo de la mesa-, explicó a la señora que vendía el plan completo para la Reserva Marasha. Un lugar, al parecer, espectacular, con cabañas de madera, comida deliciosa típica, kanopi, kayak, paseos interpretativos en la naturaleza, avistamiento de monos y caimanes, caminata nocturna...
Tras un vuelo relámpago de ocho horas aterrizamos en Cali.
Pero ¿no se había afeitado la barriga hasta la primera fila de tetillas para ir al Amazonas? te preguntarás, con los ojos como platos, a causa del desconcierto.
No sé por qué los humanos se empeñan en tratarnos como niños chiquitos, ocultándonos los aspectos más duros de la realidad obteniendo, no obstante, resultados contrarios a lo esperado.
Abro los ojos a las tres de la mañana, sobresaltada. Algo no anda bien…
Con el hocico empujo la puerta que separa el salón y la cocina, mis dominios en las noches, de los cuartos donde, sumidos en un profundo sueño, descansan mis abuelitos. Mi mamá no está.
Además de la consabida carne o pescado con arroz ahora mi comida tiene pedacitos de chorizo ibérico. Y de las croquetas que mi tía Ana le preparó a mi mamá. Además comparte la poca carne que come –el jamón serrano- conmigo: ella engulle de un bocado la parte roja y me deja la grasa, para que haga lo propio, que tiene una textura tan suave y untosa que, cuando la veo sacar el paquete, enloquezco literalmente.
Otra cosa diferente es que
Las paredes están sucias, los muebles rotos, el baño no se limpió –al menos- desde el último huésped, la cama es incómoda y a mi mamá le da reparo incluso echarse sobre las sábanas: hubiera preferido mil veces dormir conmigo bajo las estrellas.