Linda Guacharaca | Historias de terror en el veterinario
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Advertencia: si estás esperando ver espectaculares tomas de ni telescópica nariz, este no es tu post. En este capítulo me la paso esperando fuera... 

Cualquiera pensaría que, cuando no estamos de paseo en el Fin del Mundo, nuestra vida en Bogotá transcurre de manera previsible, apacible e, incluso aburrida... De trancón en trancón, del trabajo a la casa, de la casa al parque...

Eso no aplica, sin embargo para quien viva con mi mamá... ¡Con ella es emocionante hasta ir a hacerse un chequeo rutinario de salud! ¿No te lo crees?

El martes pasado, tras nuestra aparición televisiva, salimos a pasear por el barrio. Te parecerá de todo punto de vista increíble, pero nadie nos reconoció, ni hordas de periodistas se abalanzaron sobre nosotras para fotografiarnos. A la mañana siguiente mi mamá volvió a salir, por tanto, despeinada y en sudadera y ahí sí, una voz a mis torcidas espaldas exclamó, alborozada:

–¡¡¡Linda!!! ¡Hola Linda!–.

Nunca había sido tan feliz, a la par que tan cándida, yendo al veterinario.

Cuando salimos a la calle, mi mamá enfila por la 45 derechita hacia ese lugar de ensueño llamado la Universidad Nacional: un paraíso donde los señores uniformados de la puerta me saludan sonrientes cuando paso trotando, con una sonrisa que no me cabe en la cara, un par de metros por delante de mi mamá, sin correa. Un edén donde bicicletas, chicos vendiendo sanduches, y aplicados estudiantes de Música tocando el trombón sobre el pasto, desfilan ante mi telescópica nariz.

Te apuesto lo que quieras a que nunca has visto nada igual.

Esta soy yo recibiendo a mi mamá en el aeropuerto, después de arrastrar a mis abuelitos por toda la Terminal:

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Todos se quejan de que, desde que entré en sus vidas, los recibimientos no son lo que eran, echarse llorando a los brazos del otro y tal... Ahora primero hay que saludar a la perra.

Lo primero que me enseñó mi inexperta mamá al dejar mi gasolinera fue a levantarme.

-¡Arriba!- decía, poniéndome un plato con carne y arroz ante el hocico, ante lo que el esqueleto incapaz de estirar las patas traseras que era yo entonces, respondía tambaleándose. Y no me daba la comida hasta que no estaba en pie, para que se hagan una idea de lo que me esperaba...

Como saben, en los dos últimos años, y puede decirse que "gracias" a mi atropello, pasé de ser una perra confinada a vivir en tres metros cuadrados de mi gasolinera natal -que recibía, por parte de aquellos que pasaban, un huesito de pollo, una patada, o la más fría indiferencia-; a viajar por medio mundo como embajadora de los perros criollos a este y al otro lado del océano.

Desde que nos conocemos escribí sobre mi recuperación, nuestra vida cotidiana, y sobre mis aventuras. En el día de hoy quiero tratar un tema bien peliagudo y que, estoy segura, hace meses que muchos de ustedes estaban esperando: cómo hacer posible su deseo de viajar con sus humanos.

A Camilo José Chaves, otra de las víctimas de estas semanas...

Hace dos semanas llegó mi abuelita a Colombia.

-¿Quien viene? ¿¿¿Quién vieneeee???- es la técnica que utiliza mi mamá para señalizarme que se acerca una persona amiga desde los tiempos en los que me abalanzaba ladrando y mostrando los colmillos hacia cuanto ser vivo se acercaba a ella.

Tras las puertas de apertura automática del aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, reconozco de inmediato a esa mujer menuda quien, de verme como un ser portador de problemas y enfermedades para mi mamá al principio de los tiempos, pasó a tratarme como lo que soy: su nieta favorita...