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Desde que me recuperé de mi accidente y comencé a caminar mi mamá había tenido un sueño recurrente: el de ver entrar a la perra de gasolinera atropellada, infestada de parásitos, famélica y muerta del miedo, que responde al nombre de “Linda” como respuesta a la reacción de la gente al verla durante los primeros meses, en un auditorio lleno de público y de cámaras que puedan mostrar a muchas personas aquello de lo que un ser vivo desahuciado es capaz de conseguir, si se le da la oportunidad.

Y entonces fue cuando me hospitalizaron por un repunte de babesia.

De todos es sabido que la Ciencia médica, igual que otras muchas, no es una ciencia exacta.

Partiendo de ese presupuesto, sin embargo, o yo soy un caso clínico que merece pasar a los anales de la historia como uno de los más discutidos desde que se fundó la rama veterinaria, o estoy tardando más tiempo en recuperarme a la vez que mi mamá está sufriendo muchos más quebraderos de cabeza, preocupaciones y sobresaltos -y está derramando muchas más lágrimas y gastando mucho más dinero del necesario- debido a cierta incompetencia o –incluso algunos amigos y/o compañeros colombianos insinúan- mala fe para sacarle la “platica” porque sus “zetas” revelan que no es de por acá.

En algún lugar de la vía Villao-Bogotá, 03 de febrero de 2013. 11 pm. Un aire frío despertó a Marcela cuando dormía en el asiento de atrás del carro de Steven. Él y Yamila se habían bajado para comer algo en un sencillo restaurante junto a...