El editor jefe de Planeta podría hacerme la competencia como trotamundos. Todas las semanas que mi mamá intentaba contactarlo para contarle mi increíble historia se encontraba de viaje en algún rincón del globo terráqueo. O eso decía, al menos, su secretaria. Mi tesis es que también fue víctima de la epidemia de infartos de miocardio y que no quisieron decirnos para que no trascendiera al mundo, a partir de mi blog, que el barco de Planeta iba a la deriva sin su editor.

Mi papá siempre decía –Linda, tienes que escribir un libro-. Cada vez que venía a nuestra casa y me consentía, botado en el piso, mientras escuchaba el último y aún más increíble concepto veterinario de los labios de mi mamá: –Linda, ¡tienes que escribir un libro!-. Cada vez que ella le relataba algún nuevo episodio de nuestras apasionantes vidas repetía, muerto de la risa –Señorita Guacharaca ¿para cuándo su libro?-.

Ya tengo las patas de nuevo en casa, en mi nueva casa. El regreso a mi país fue traumático, mucho más traumático que pasar más de quince horas entre aviones y aeropuertos. Más, incluso, que permitir que otro bípedo o cuadrúpedo entre en mi terreno… Anabel...